Cada año aparece una película que se convierte en toda una sorpresa de crítica y público. La pasada temporada le tocó el turno al último trabajo de Alexander Payne,
Los descendientes.
Esta vez, de la mano de dos de los actores del momento en Hollywood, Bradley Cooper y Jennifer Lawrence, nos llega
El lado bueno de las cosas.
La película, dirigida por David O. Russell, está basada en la novela homónima de gran éxito, escrita por Matthew Quick, en la que se relata la historia de un joven recién salido del psiquiátrico que aspira a reconciliarse con su esposa al tiempo que intenta volver a su vida normal y encajar el día a día de nuevo en su rutina. Para ello, contará con la ayuda de una inusual amiga, hermana de la mujer de su mejor amigo, que también está pasando por momentos difíciles tras el fallecimiento de su esposo.
Una premisa realmente sencilla y que en manos de cualquier otro autor hubiese sido una historia romántica más
made in Hollywood.
Pero en
El lado bueno de las cosas la sorpresa viene cuando nos damos de bruces con uno de los guiones mejor escritos en el ámbito de la comedia del pasado año, que hace que una historia que podría estar plagada de lugares comunes se convierta en una comedia dramática con un ritmo endiablado así como algún que otro momento donde es imposible no soltar más de una carcajada.
Al terminar de verla, es cierto que no mantenemos esa sensación de haber visto algo insólito, nuevo o que realmente deje poso.
El lado buen de las cosas se conforma con contar una agradable historia, haciéndolo pasar bien al espectador y dándole todo lo que necesita para disfrutar al máximo de la experiencia.
Quizás en realidad sí que sea otra americanada más, pero es una americanada que merece ser vista por el simple hecho de contarnos lo que ya sabemos de una forma diferente y original.
Pero sobre todo, y por encima de todas las cosas, esta es una película de visión obligatoria sólo por ver a sus dos actores dar una lección de interpretación a todos los de su generación.
Si alguien sigue pensando que Bradley Cooper es mal actor después de ver su papel como el bipolar más carismático y entrañable del cine reciente (inevitable compararle con Jack Nicholson en
Mejor Imposible, guardando las distancias obviamente) entonces no ha sabido apreciar y disfrutar de lo que ha sido el mayor descubrimiento del 2012. El señor Cooper ha demostrado que hay vida mas allá de su
Resacón en Las Vegas y ha callado las bocas de todos los que no le tenían ninguna consideración al hacerse con una nominación a los Oscar como mejor actor protagonista para este año.
Junto a Bradley Cooper, nos encontramos a Jennifer Lawrence. Poco queda que decir de la actriz que se está haciendo ella solita con todos los festivales de cine de su país, y que se come bocado a bocado todas las escenas en las que aparece. Interpreta aquí a una joven inestable emocionalmente, algo desequilibrada quizás pero sobre todo con mucho amor que dar, y se adueña del papel haciéndolo suyo durante todo el metraje. Si me creo a Tiffany, sus problemas, sus escarceos amorosos y sus argumentos es porque Lawrence consigue darle toda la fuerza que necesita y sin ella
El lado bueno de las cosas no tendría ningún sentido.
La química. Esa es la clave del
film y su mayor aliada. Porque los dos protagonistas encienden la pantalla cada vez que aparecen juntos y hacen que no podamos apartar la mirada de ella ni un solo instante. No es una película perfecta, ni de lejos. Tampoco se acerca a ser una obra maestra, y ni siquiera lo pretende. Se limita con hacer pasar un buen rato al espectador sin tratarle como a un idiota, y ahí es donde están todos sus méritos.
Esta es una película de amor pero sin amor, de gente con problemas, que se enamora y se desenamora, que sufre, que siente y padece. Recomendable para los que quieran pasar un buen rato con esta comedia ligera entregándose a ella eso sí, sin esperar más de lo que de verdad nos ofrece, y sobre todo, dejando las gafas de pasta en la mesilla de noche.