Alexander Payne ha conseguido forjarse a lo largo de los años cierto prestigio en el difícil mundo de Hollywood. Y lo ha hecho por méritos propios. Su cine, tan realista como divertido y conmovedor, ha calado hondo en los corazones de todo el mundo y se ha hecho un hueco en la industria del cine mas influyente del mundo. Después de la espléndida "Entre Copas", Payne nos entrega un regalazo directo al corazón: "Los descendientes".
Galardonada con el Globo de Oro a la mejor película dramática del año, y menospreciada por los premios Oscar (que se celebraron el pasado domingo), la nueva película del director norteamericano es una clara muestra de buen hacer cinematográfico. Rodada con mucho gusto y estilo, "Los descendientes" se mete en la piel de Matt, un padre de familia que ve como su mundo se desmorona al quedar su mujer en coma tras sufrir un trágico accidente. Solo y con dos hijas a su cargo, Matt tendrá que enfrentarse al mas difícil de los retos: seguir con su vida.
Así, con un argumento aparentemente sencillo, Alexander Payne crea una película mágica, divertida, emotiva y, a resumidas cuentas, brillante. Un film realizado en estado de gracia y en el que todos sus protagonistas se vuelcan de principio a fin. Porque, como ya se ha hablado, estamos sin ninguna duda ante la mejor interpretación en la carrera de George Clooney, trabajo que ya fue reconocido en el mes de Enero con el Globo de Oro a mejor actor dramático. Pero él no es el único que brilla con luz propia en esta película, y el gran descubrimiento del año viene de la mano de Shailene Woodley, interpretando a la rebelde hija de Matt. También podríamos hablar de la hija menor, de los amigos de Matt y un largo etcétera, pero entonces nunca acabaríamos porque todo, absolutamente todo en "Los descendientes" es extraordinario.
La principal virtud de la película, ademas de en sus interpretaciones (sin las cuales esta película no habría sido posible) está en su historia, aparentemente pequeña y ligera, pero extremadamente profunda. Es un film que reflexiona sobre las cuestiones más importantes de la vida, y de nuestra existencia. Un viaje emocional a través de los sentimientos, de la experiencia vital, pero sobre todo, es una oda a la vida, al perdón y al maravilloso milagro de poder sentir amor por encima de todo.
Puede que los Oscar no hayan tenido en cuenta todas las virtudes de la última obra maestra de Alexander Payne, pero lo que está claro, es que cualquiera que sea capaz de verla, vivirla y, sobre todo, sentirla, no podrá olvidarla con facilidad. Porque, aunque a simple vista no lo parezca, "Los descendientes" es una película que se clava muy adentro, que cala hasta los huesos y que permanece imborrable en la retina de todo aquel que sepa apreciar las pequeñas cosas de la vida. Absolutamente imprescindible.






