El
director australiano regresa a la gran pantalla de la mano de Leonardo
Dicaprio, actor con el que no trabajaba desde la adaptación de 'Romeo + Julieta'
en 1996.
El Gran
Gatsby, de F. Scott fitzgerald, es probablemente una de las novelas más
influyentes del siglo pasado. En ella se reflejaba los vicios de la sociedad
norteamericana durante la década de los años veinte, con sus fiestas y sus
escasos valores morales. Gatsby representaba ese cruce entre el hombre rico
carente de todo tipo de escrúpulos, y el ser humano que ve en la vida un
vehículo para ser feliz sin necesidad de grandes lujos, tan sólo con el
sentimiento universal que en ocasiones puede darle sentido a todo: el amor.
Luhrman
vuelve a reinterpretar un clásico. Tras su particular visión de la obra de
Shakespeare Romeo y Julieta, y mostrarnos una reinvención del famoso club
nocturno parisino Moulin Rouge, el director australiano vuelve a la carga con
El Gran Gatsby, una nueva perspectiva en la que el clásico es reinventado al
mas puro estilo Luhrman, en dónde la
cultura pop de nuestras décadas convive con el pasado, en este caso concreto
con los famosos años veinte en la ciudad de Nueva York.
La
historia nos habla de un hombre multimillonario al que nadie ha visto. Él es
Gatsby, famoso en toda la ciudad por dar cada fin de semana suntuosas fiestas
en las que tienen cabida todo tipo de lujos y excesos, dónde el alcohol llueve
a raudales y que además sirve de punto de encuentro para gente de todo tipo de
clases sociales: desde estudiantes universitarios, hasta estrellas del cine.
Nadie sabe de Gatsby, y sin embargo todos acuden a su mansión cada fin de
semana. Pero… ¿Quién es realmente ese tal Gatsby y por qué lleva a cabo semejantes
fiestas en las que, aparentemente, él ni siquiera participa?
Con
esta premisa, asistimos a un desfile pirotécnico en el que el exceso es la
clave de esta misteriosa e hipnótica película. Una historia épica en la que se
tocan temas universales como el amor, la esperanza, el adulterio o la soledad.
Todo ello en dos horas y media que no se hacen pesadas en ningún momento, y
todo gracias a la maravillosa dirección de Baz Luhrman, que ha cambiado el tono
crítico-social de la novela original, por un espectáculo visual que despierta
todos los sentidos del espectador a base de una imponente fotografía, un
vertiginoso uso de la cámara con planos que podrían parecer imposibles y una
banda sonora que quita el hipo. En definitiva, El Gran Gatsby es ante todo un
festín para nuestros ojos.
El gran
problema que acompaña a la película durante todo su metraje, es que al final su
director se acaba olvidando de la esencia de la novela y todo parece resumirse
en un envoltorio precioso, pero vacío de contenido. En la traca final, cuando
la tragedia llega sin previo aviso, el espectador no termina de sumergirse de
lleno en la trama junto con sus personajes, sino que se limita a ver lo que
ocurre de la misma forma en que
anteriormente estaba viendo las fiestas y cotillones de la alta sociedad
neoyorquina. Porque, al querer crear un espectáculo durante todo el metraje,
Luhrman no tuvo en cuenta que ese espectáculo impediría que el público se
implicase de manera emocional en lo que ocurre en el filme.
Aún con
estos fallos, la película no deja de ser todo un evento cinematográfico que
nadie se debería perder. La interpretación de todos sus personajes,
especialmente Leonardo DiCaprio y Carey Mulligan, es otro de los puntos fuertes
de El Gran Gatsby. Ambos actores no sólo desprenden una química frenética cada
vez que sus ojos se cruzan en algún momento de la película, sino que han sabido
hacer suyos los personajes que Fitzgerald creó en su día, sobre todo DiCaprio,
que nos regala un trabajo digno de ser reconocido con el paso del tiempo como
el mejor Gatsby que el cine nos ha dado.
Al
final, la cinta acaba siendo una película estimulante, trepidante y
entretenida. Quizás el mensaje que el autor de la novela plasmó en su obra no
esté reflejado íntegramente en la película, pero esa da igual porque El Gran
Gatsby acaba siendo lo que su director pretendía: una revisión del clásico
chillona, grotesca, divertida, emocionante,
en ocasiones ridícula, pero sobre todo, un desfile de originalidad, atrevimiento
y valentía. Y eso, en los tiempos que corren, es más de lo que se puede pedir a
una película.